Juan Enrique Guerrero — Escritos críticos sobre Abisay Puentes
Estos escritos se presentan como documentos históricos. Su lenguaje y sus interpretaciones pertenecen a Juan Enrique Guerrero y al período específico en que fueron escritos; no deben leerse como una declaración actual del artista.
Contenido
- Psicología del rostro Apocalíptico en la plástica de Abisay Puentes — 1999
- Bella — Buena — Verdadera
- El devenir de las caras y rostros — 2001
- La pintura de Abisay Puentes
- La teología y la pintura de Abisay Puentes
Psicología del rostro Apocalíptico en la plástica de Abisay Puentes
1999
Dr. Juan Enrique Guerrero Álvarez
Para Abisay Puentes (1974), el rostro es una huella, y esa huella, el rastro que deja el tiempo y el espacio en el alma del hombre. El rostro por esencia revela dos modos de ser, de ahí las máscaras del retrato griego (la tragedia y la comedia), pero aquí, el pintor movido por su vocación bíblica nos devela el misterio Apocalíptico que oculta la cara del hombre histórico. Revelación y consolación, esperanza y angustia. Historia del alma reflejada en el rostro.
En la estatuaria griega las cabezas no tenían pupilas, el globo del ojo era como un pequeño mundo redondo y ciego, sin sentimiento del tiempo; en Abisay los ojos son como túneles devorando las horas, escondiendo mensajes y avisos de otro espacio. Las caras se alargan o redondean según la desolación o la esperanza que habita en sus tiempos interiores. La mueca cavernosa, la muda carcajada, elementos psíquicos del desasosiego existencial, cabezas cabizbajas, cabezas suplicantes lívida y perpleja por la revolución postrera.
Crispación que da la vida de pecado y alegría sosegada del que posee la templanza y el amor. La obra del pintor se mueve entre dos tensiones. La desolación tira de los rostros que tienden a desaparecer como una piel de zapa conjurada. La esperanza les vuelve a dar su redondez ingrávida. La pasión del temor, la pasión de la espera. Todos sus dibujos están habitados por el menaje del libro el Apocalipsis de San Juan.
Por la crispación que pone en las expresiones comienza la advertencia de la conversión, por el azoro de los semblantes termina la advertencia en ultimátum. Esta psicología en la plástica religiosa no es ni pesimista ni optimista, es de un hondo realismo cristiano, signo de esperanza escatológica. El pintor asume el clima Apocalíptico para ilustrar lo que dice (Apocalipsis 7:9): “Después de eso miré y vi muchedumbre grande, que nadie podía contar de toda nación, tribu, pueblo y lengua que estaban delante del trono y del cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en sus manos.”
Estamos ante una nueva forma de alegorizar las visiones, si tenemos en cuenta los grabados de Alberto Durero (1471–1528) sobre el mismo tema. La plástica de Puentes es inquietante no dejar reposar la belleza, porque lo que su ingenio le exige a la forma, no le sacia.
En sus trazos se destacan las expresiones inesperadas, la mudanza rígida del destino final del hombre y el mundo. En la plástica griega, la proporción condensa, la euritmia limita sabiamente. Puente Abisay sobreabunda en las proporciones en la extrañeza del ser ante las profecías.
Las formas griegas están vacías de tiempo y asombro. Abisay recoge el espacio y lo introduce en la temporalidad escatológica con azoro de profeta. Desglosa de las caras los rostros, para despliegue de las huellas del tiempo en el alma de las cabezas. Por los entresijos de sus plumillas circula el tiempo bíblico al que se adapta su pincel como una malla al cuerpo. “Figuras en continuo rizamiento como en las superficies en Velásquez” (según Camón Aznar), rozadas por el paso de las sombras que buscan la luz como en los lienzos de Rembrandt.
Su norma no es un paisaje o un retrato, sino el cosmos y la naturaleza de la hora penúltima y la vida postrema. Su joven perfección en desarrollo reside en sus posibilidades alegóricas enriquecidas por la trascendencia que tienen los temas en las almas que buscan el sentido y la finalidad del existir pulsando el camino, la vida y la verdad que es Cristo y su palabra.
“Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes, y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero, porque el gran día de su ira ha llegado, ¿y quién podrá sostenerse en pie?”
(Apocalipsis 6:15–17)
Bella — Buena — Verdadera
Dr. Juan Enrique Guerrero Álvarez
Se pinta por una necesidad emocional de autoafirmación y transferencia sicológica de estados de alma y ánimo que van conduciendo a la conciencia o al subconsciente a objetivar en una forma y materia determinada la personalidad, el temperamento y el carácter. Se pinta, se poetiza, se hace música para transferir, desplazar, condensar los estados morales y anímicos de la personalidad; en el caso que nos ocupa, el de estos pintores, en una forma plástica, visual, sobre la materia del lienzo y el color, transmutando el íntimo mundo del temperamento y del carácter en alegóricos temas con significaciones y estilos más o menos definibles.
Y son muchas las maneras (estilos) de hacerlo, y los modos (estética) de sentirlos. La facultad que guía es la intuición sumada al ingenio, porque el ingenio y el talento se verán después. Todo joven pintor es una “semilla de mostaza germinando”, una posibilidad; de ahí algo de “fama anónima” que ya poseen, y por lo imposible de predecir de su ya conocida trayectoria aquello de “Pintores imposibles”.
Por otra parte, no se gusta lo que no se entiende, no se entiende lo que no se siente y lo que no se siente, no se puede ni gustar ni entender. Sentir una obra plástica no es discurrir sobre ella, fijarle una etiqueta como a una mariposa un alfiler en la urna de un museo. Sentir un óleo, un dibujo, es intuir con imaginación hasta qué punto cumple aquello de: Buena, Bella y Verdadera.
El ojo del pintor es como un imán que atrae fragmentos de otras realidades y modelos para imantar su propia obra y darle unidad aparente o real. En los más jóvenes, en los que comienzan, es una búsqueda y rebúsqueda de épocas y arquetipos, por lo que la crítica al respecto es cosa inútil; el estilo y lo imposible de predecirlo legitima la medida de verdad, bondad y belleza que logre hasta el momento poetizar el pintor.
La crítica apresurada deforma la verdad del cuadro; la dureza de opiniones, la belleza en ciernes; el rechazo paraliza la bondad, la ingenuidad inicial de la vocación. La incomprensión de “la docta ignorancia” y la insensibilidad de la ceguera mercantil se compensan a sí mismas etiquetando y poniendo precio.
Se puede llegar a la verdad de la pintura sólo sumergiéndose en la vida de la forma; así logrará el pintor que sea bella y buena, y de todo esto se adueñará quien toque su propio “ser substancial”, y no con un esfuerzo mental meramente reproductor de modelos, sino con un don muy personal, sutil e indefinible, que es esa virtud que da el poder, la capacidad de simbolizar transfigurando el modelo o los prototipos con que empieza todo pintor, poeta o músico a ejercitarse, a motivarse.
Podrá entonces zambullirse en la vida de la forma y lograr esa verdad, bondad y belleza de la obra y para esto, paradójicamente, hay que descubrir “la forma” en la vida de la propia vocación; entonces será el artista quien le dicte al crítico su gran definición y al mercader el precio imponderable de su obra.
El devenir de las caras y rostros
2001
Dr. Juan Enrique Guerrero Álvarez
La serie que “Profesionaliza” a este joven pintor fue su muestra “El Apocalipsis de Abisay”, la cual tuvo sucesivas puestas en escena, todas con una sensible acogida “espiritual y material”. Ahora estamos ante otra presencia, la de “Rostros en cautiverio”. Se inició con el leitmotiv de las caras apocalípticas, del descarnamiento de los rostros en juicio; ahora deviene hacia los rostros meditantes y torsos de manos meditabundas.
¿Enmarcamiento gótico del gesto apocalíptico? Para hablar de este pintor mejor sería un poema. Como he dicho, el arte bueno, bello y verdadero rechaza las etiquetas, expulsa por sí misma el sello del “libro de las horas” de la fama. De entre los “pintores imposibles” ha sido el más ponderable, mantiene desde sus apocalípticos inicios una ruta precisa de expresión fácilmente demostrable.
En esta muestra ya no hay “cuerpos que se arremolinan, caras desencajadas”, como expresamos aquella vez; ahora los rostros se relajan, se alargan, amansan sus semblantes buscando el sosiego en un curioso mutismo, donde las manos parecen alas paralizadas en busca meditativa de oscuros palomares.
Las figuras encajadas como en un nicho se asoman arropadas, ¿a lo gótico?; las manos asumen un gesto paralizado, y los dedos se asemejan a esas algas ondulantes sumergidas en el mar. Él los define como: “almas en cautiverio”. ¿Serán aquellas almas de su inicial “Apocalipsis” que han vuelto “a la vida que salva”? El sosiego de estos rostros se presta a controversia. ¿Tristeza, amargura, hastío, torpor monacal? Un nimbo alambicado circunda cada semblante, ¿cautiverio de otra vida?
En la plástica es posible “la reencarnación”. Y esta serie es una muestra de ello. Abisay ha hecho “reencarnar” aquellas caras y amasijos corporales en un estado intermedio entre la angustia y el sosiego. ¿Vuelta a la vida en los nichos de esta tierra? Cada cuadro de esta serie es como un capullo soñoliento en el que han vuelto a sumergirse los viejos rostros “del Apocalipsis de Abisay”. ¿Qué encierra cada capullo?
Cada óleo de estos es como una crisálida que, entre oruga y mariposa, hace sentir “la ninfa” bella, buena y verdadera de su arte juvenil. Esta nueva serie es a modo de esa “ninfa”, un “estado intermedio” prometedor, entre la primera muestra que lo Profesionaliza y el futuro imponderable de su fama entre los pintores imposibles de prever.
La pintura de Abisay Puentes
Dr. Juan Enrique Guerrero Álvarez
El arte ha servido de confesión intelectual y espiritual para tantos pintores en la Historia del arte, que no alcanzarían los libros para recoger el pensamiento, la psicología y la personalidad de cada obra y de cada autor.
Así nos sucede con este pintor, Abisay Puentes, que nos muestra una visión de sus contiendas y conflictos mentales y espirituales; haciéndonos partícipes de todo un Universo, rico en texturas y colores, profundo y codificado que, a simple vista, pudieran parecer aguas mansas, pero al penetrar en ellas, nos da la idea de que está comprimiéndonos todo un inmenso océano.
Sus imágenes siempre nos están hablando, comunicándose con “un mundo insensible y sordo...” a su decir; también nos dice: “no me creo un incomprendido, simplemente, mi tema no es digerible por la mentalidad común...” Y todo esto nos lleva a pasarlo por la balanza, para ver si está a la medida de un hombre de sensibilidad fuera de serie, y comprobar la veracidad de sus palabras; así nos continúa diciendo: “todavía me queda mucho por aprender en esta vida, si Dios me lo permite, buscar siempre en los libros, en mi fe; allí es donde encuentro el sosiego, es como cuando encuentras agua en un desierto, y es mi refugio, porque encuentro respuestas. No hallo atractivo a otra cosa, solo mi lugar, donde me encuentro con Dios. Fuera de allí mi familia...”
¿Y es que, en un mundo tan agitado, este artista encuentra paz? Al parecer sí, y es que sus cuadros nos transmiten ese ejercicio de meditar, de estar a solas, alejado del bullicio terrenal. No pierde tiempo en palabras de más, ni su elocuencia depende de multitud de palabras, sino que se concentra en su tema, y habla poniendo el dedo en la llaga.
Temas como “El destino del hombre”, “los ánimos disociados” y “liturgias impenitentes” se nos revelan en los pinceles de este pintor que al parecer tiene mucho que decir y poco tiempo. Y confiamos que tenga vida suficiente para decirnos más; solo nos queda esperar por las horas interminables de soledad y búsqueda que le depara su forma de vivir. Su obra nos habla de que tiene espiritualidad; lo demás queda al tiempo.
La teología y la pintura de Abisay Puentes
Dr. Juan Enrique Guerrero Álvarez
¿Qué función teológica puede tener la plástica? ¿Puede la plástica ser sierva, servidora de la teología como lo es la razón según Santo Tomás de Aquino? El plan del pintor es fundamentar, con su obra, premisas para que la plástica se vuelva instrumento de enseñanza teológica y a su vez sierva del proyecto para una “Escuela de pintores religiosos reformados”. Esta muestra es el prólogo de este proyecto.
El lego, el desconocedor, el no creyente se hará muchas preguntas al respecto, tal vez sienta curiosidad por saber y quiera informarse; en su defecto, será cautivado por estos misterios conceptuales de alto valor poético y pictórico. El creyente, el conocedor, intuirá de inmediato los secretos y propósitos de este artista joven.
Desde su exposición más significativa donde dijimos que se “profesionalizó”, Abisay nos muestra su sello personal. Aquella temática hoy la tenemos consumada en esta; las caras dejaron de ser aquellas máscaras simbólicas del Apocalipsis de los tiempos y nos devuelven sus rostros con la vida que tuvieron, cada una con la pasión que le aquejaba. Si el gesto de aquella era apocalíptico, adolorido, estas dejan sentir el trasunto escatológico que les precedió.
Como dije en el prólogo que, en ocasión de aquella muestra, dio lugar a un libro: “Sus alegorías condensan un estilo del alma, no dibuja el acto pecaminoso, reprensible, sino que cala la esencia de sus consecuencias y las hace sentir a los ojos”... ¿Arte metafísico? Tal vez, pero no incomprensible a la primera mirada.
Si tenemos en cuenta la temática abstracta y caprichosa de otros pintores, la de Abisay concreta más que diluye un testimonio de su propia cosmovisión del universo, fiel a la fe de sus ancestros y fiel al paradigma eterno de que una obra para aspirar a la perfección debe ser: “Buena, bella y verdadera”.
Esta muestra es el colofón de aquella otra que tuvo lugar en “La Madriguera” (galería de la Asoc. Hnos. Saíz) llamada “El devenir de las caras y rostros”. Asistimos a la consumación de aquella, y como también dijimos por escrito aquella vez: “De entre ‘los pintores imposibles’, ha sido el más ponderable, mantiene desde sus apocalípticos inicios una ruta precisa de expresión fácilmente demostrable”...
Esta vez los rostros no son de resucitados, sino de almas cuyos cuerpos aún no han muerto, o mejor, aquellas mismas almas devueltas, por un salto en el tiempo, a la existencia que les perdió, enquistadas en una situación límite de la vida que pierde, el pecado; ciertos pecados que aquí se evocan, injertadas en un contexto de revelaciones bíblicas susceptibles de ser alegorizadas en imágenes plásticas como testimonio y, si se quiere, con intención evangelizadora.
En apretada síntesis exponemos el sentido de esta exposición y a su vez las intenciones del artista de fundamentar con esta muestra y la anterior una “escuela de pintores religiosos reformados” y de pintores con vocación para ella.
Fundamentos para una “escuela” de pintores religiosos reformados
El título despertará, quizás, controversias o paradojas pasajeras, pero no es nada nuevo hablar de la estética del arte de la reforma protestante o la contrarreforma católica. Lo que aquí nos ocupa es nuestro medio, identidad e idiosincrasia, y el artista que ha puesto la piedra angular para esta escuela. Así pues, señalaremos de una manera escueta los principios de estilo que la conforman y su plan de objetivaciones, así como su sentido estético partiendo de la filosofía del pintor Abisay Puentes.
- El Gótico. Es lo que define una plástica netamente religiosa, y la que él propone está enmarcada dentro de este estilo por la ascética de los temas; los tipos de alegorías y el clima apocalíptico y escatológico como ambientación o tratamiento del óleo, acrílico, la técnica mixta o la plumilla.
- La ascética en la plástica. Entendemos por ascética en la plástica la sobriedad o rigidez del tema objetivado en imágenes que transpiran rigor en el gesto, meditación, la impronta introvertida de una vida volcada en lo interior.
- Los tipos alegóricos. Es conocido el concepto de “alegoría”. La alegoría, según el pintor que nos ocupa, debe ser el reflejo, si se trata de cuestiones que tocan “la escatología” (final de los tiempos) o el “Apocalipsis” (juicio final), del estado interior de las almas, fenómeno que ha de “refractarse” a través del espejo del óleo u otra técnica; trabajo estético que ha de abordarse con una fantasía disciplinada y conocedora del tema, y que con imaginación rigurosa sepa objetivar sensiblemente, a los ojos, ideas que van más allá del conocido realismo y surrealismo, y a su vez no caiga en el estereotipo de las alegorías tradicionalmente históricas consagradas por Durero y otros, así los más grandes ilustradores de estos temas como Gustavo Doré, aunque sus obras pueden servir de base a la imaginación para enriquecer la fantasía, que es la que combina lo imaginado a partir de un modelo prototípico.
- El clima apocalíptico y escatológico. Crear una atmósfera en este sentido tiene su técnica (estilo), pero lo que es producto del ingenio o talento es la estética apropiada (modo de hacer sentir a través del estilo el mensaje que viene implícito en la pura impresión de la imagen pictórica). De ahí el colorido a partir del dibujo, las veladuras para esa atmósfera, la utilización del negro procesado, industrial, las capas de colores planos, la luz recogida del frotamiento, los claroscuros que no deben ser los usuales a modo del Greco o Goya.
Recuérdense los fundamentos del arte Gótico severo, que es el idóneo para lo que se propone este pintor, porque las cosmovisiones plásticas que parten de la teología emergen del ser de la fe, de la palabra bíblica, no imantan nunca con el cubismo o expresionismo porque tiene la esencia del encantamiento Gótico. Gótico no es medioevo, dígase lo que se diga; lo Gótico es un trascendental. El Gótico no desubica el dibujo, ni acuareliza los colores; luz y sombra precisan el mensaje concreto de un credo alegorizado, no mítico, sin la ansiedad renacentista, ni el rumiar clásico de un pagano bucolismo, ni los miopes síndromes del paisajismo impresionista.
El Gótico es el fiel de la balanza entre la bandeja del renacimiento y el platillo barroco y siempre lo será potencialmente en cualquier época, sobre todo cuando se quiera conjurar un conciliador, un mediador para equilibrar, sosegar esas posiciones extremas que surgen en los movimientos transitorios de pintores en busca de sí mismos, pero con la mirada en los dedos de artistas que esgrimen el pincel de moda y la pincelada sensacionalista.
Creo estamos ante un joven pintor Gótico, criollo sí, pero fiel a esos misteriosos ancestros plásticos del pasado que subyacen en el talento creador actual gracias a los secretos atavismos de lo ideal religioso, sin apropiaciones ni enajenamiento. Un renacer goticista en cualquier etapa de la historia de la pintura en cualquier país nos salva del caos estético, de los atajos estilísticos y de catarsis alienante de la plástica como sucedáneo de un ser en falta.
Conclusiones
Toda síntesis es la fusión de lo substancial de un tema por largo o profundo que sea, cuyo desarrollo es parte ya de un tratado especializado. Luego toda síntesis maestra debe en breve tiempo y espacio hacer sentir el alma de una obra y sus propósitos.
Eso hemos tratado de hacer aquí para hacer de la “información” algo más que “informar”, es decir, dar a sentir el alcance y profundidad de lo que se propone este pintor con su “escuela” y filosofía del arte religioso. He aquí expuestos los parámetros esenciales de esta escuela; el resto, sumergido como un “iceberg”, lo revelará el pintor en sus clases y exposiciones, secretos y misterios de escatológico talento y apocalíptico sentir.
Dr. Juan Enrique Guerrero Álvarez
Poet and Historian
Centro de Divulgación Cultural de Conferencias
U.N.H.I.C.